“Los días grises reavivan viejos recuerdos”. Con esta simple pero sentida frase Alberto Aguilera (53), uno de los sobrevivientes del hundimiento del Crucero A.R.A General Belgrano, comenzó su testimonio sobre la experiencia que vivió en la Guerra de Malvinas, al cumplirse 34 años de la gesta.
El conflicto bélico, que se desarrolló entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1.982, se cobró la vida de 649 argentinos. La mitad de ellos murió en el naufragio del Belgrano que fue atacado por un submarino nuclear inglés fuera del área de exclusión dispuesta por Gran Bretaña, acontecimiento al que se le llamó “crimen de guerra” ya que el buque nacional se encontraba fuera de la zona que los ingleses habían declarado de forma unilateral “zona de combate”.
El Belgrano zarpó el 16 de abril de 1.982 hacia el sur. Su misión era custodiar el pasaje de Drake, el tramo de mar que separa América del Sur de la Antártida, entre el cabo de Hornos (Chile) y las islas Shetland del Sur (Antártida)
El domingo 2 de mayo, estábamos con un alerta de 48 horas, ese día cumplí con mi horario de guardia, me acosté a dormir y a las cuatro de la tarde nos sorprendieron con el bombardeo. Sentí con el primer torpedo un temblor atrás de otro. Fue terrible. Se cortó la luz, el torpedo se metió adentro de la sala de máquinas (ese día de milagro yo no estaba) y cortó la energía del barco. Me levanté como pude, agarré el salvavidas, el bolso con ropa y traté de salvarme.
Como resultado del ataque, murieron 323 soldados que viajaban en el Belgrano cuando el submarino inglés disparó tres torpedos, dos de los cuales, impactaron en la embarcación provocando un incendio y el posterior hundimiento del crucero. Los hierros torcidos producto del ataque y el humo del incendio causaron las muertes de esas decenas de soldados que, en ese momento, se encontraban descansando con la tranquilidad de que navegaban fuera de área de combate. Los sobrevivientes entonces se embarcaron en una travesía con destino desconocido y se enfrentaron a la incertidumbre de si serían o no rescatados. El roqueperense Alberto Aguilera salvó su vida de milagro: “Temí morir congelado”, cuenta.
“Viví una situación muy terrible. Fue por esas cosas del destino que el incendio de la navegación no alcanzó la mancha de petróleo que se dispersó en el mar sino no se salvaba nadie. Mi tarea era manejar la sala de máquinas y encargarme de la comunicación o bien de vigía en la parte más alta de la navegación”, expresó.
A las 16 Hs de aquel del 2 de mayo, dos torpedos lanzados desde el submarino HMS «Conqueror» condenaron a muerte a la legendaria nave la que bajo su anterior denominación USS Phoenix, había sobrevivido al bombardeo japonés a Pearl Harbor y que marcara el ingreso de EEUU a la Segunda Guerra Mundial. Vencedor de varias batallas navales esta nave construida para la marina norteamericana en la década del 30, se fue a pique en no más de dos horas cobrándose la vida 323 tripulantes de los 1093 que lo tripulaban.
Cuando explotaron los torpedos en la parte no acorazada del Belgrano, aguilera pensó que habían pegado en la parte superior del barco. «Eso fue lo que me hizo sentir que me sacaban el piso de abajo de los pies», relata. Lo primero que pensó fue que tenía que buscar la salida. «Me la había memorizado en los entrenamientos de emergencia. Fuimos saliendo y agarrando gente que estaba herida o con dificultades para salir. Después llegué a mi puesto de abandono del buque y lo siguiente era que la balsa respondiera bien», recuerda. El silencio en el barco era señal de preocupación, nos preguntábamos que pasariá con la navegación, nos quedamos a oscuras, había mucho olor a gas y tenías que salir afuera para respirar
Era una tarde de tormenta, hace exactamente 34 años. «Tenés que acertarle a la balsa, que se mueve. Todo es rápido, todo es al instante. No hay tiempo…», rememora. Había que alejarse, el Belgrano se hundía. Cargaron mucha más gente de la que correspondía porque había balsas dañadas. «Nos tocó una para 10 o 12 personas y éramos 22, iba sobre exigida. Dicen que eso capaz nos salvó de que no se diera vuelta. La mayoría de los que estaban en la balsa de al lado murieron porque se les voló el techo y la balsa se dio vuelta», señala.
Aguilera estuvo treinta y seis horas en una balsa soportando olas de 4 metros, y con la prioridad de cuidar a un amigo quemado con petróleo que solo la morfina le podía calmar el dolor. La balsa por momentos se daba vuelta.
No escatima sensaciones. No sólo vio y escuchó cómo el agua se tragaba al Belgrano y a cientos de hombres, sino que la tormenta no dio tregua y una ola tapó la balsa y los llevó abajo del mar. «Sentís que estás abajo del agua y se te pasa toda tu vida por la cabeza. Estás sujetando el techo y en un momento salís. Inmediatamente tenés la sensación de que te vas a salvar, de que pasaste una», recuerda. Pero todavía faltaba «pasar» alguna más.
«La tormenta nos castigó toda la noche, durante unas 16 horas. Después amainó un poco. Cerca del mediodía pasó un avión e hizo señas de luces bien claras. «Nos vieron, nos vieron, nos van a venir a buscar», gritó un compañero.
El control de averías nos rescató después de estar 36 horas arriba de la balsa con sus compañeros. A la madrugada nos rescató un barco chico de guerra. Al rato se siente la alarma de combate y el temor ganó la escena.
Cuando Ricardo Aguilera volvió de Malvinas, el abrazo con sus padres fue tan grande como la pesadilla que pasó en la guerra. “No lo podían creer, ellos pensaban que no volvía porque fue el último que rescataron y no estaba en la lista de sobrevivientes.
Estaba muy débil, raquítico. En dos meses había perdido veinte kilos. Venía de sobrevivir a uno de los climas más hostiles, de ganarle la batalla al sueño para para no morir congelado y estaba como aturdido, con la vista fija, shockeado.
Afirma que en el momento del conflicto no pensó en la magnitud de lo que había sucedido, sino que se dio cuenta cuando el conflicto ya había terminado. «Empezás a vivir, a avanzar, transcurre la existencia. En mi caso, el tema Malvinas se amplificó positivamente: fue como una segunda oportunidad, un segundo nacimiento. El 2 de mayo de 1982 yo nací de vuelta.
Aunque expone un cuadro del crucero en el living de su casa, admite que Malvinas y el hundimiento del Belgrano no son temas que tenga siempre presente y sabe que eso es «una batalla ganada”. Sin embargo, también es consciente de que buscó sentirse bien contando su experiencia. «Hablo del tema con muchas personas, eso con el tiempo me ayudó encontrar respuestas, a valorar la vida y a vivir tranquilo junto a mi familia” cuenta.
Hago lo que puedo, como todos. Pero justamente el tema de Malvinas es eso: nacer de nuevo. Tengo que vivir lo mejor que puedo», insiste.
(Nota realizada en el año 2016)

